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viernes, 30 de enero de 2015

SOBRE EL TÍTULO DE ( DAUNA) Lo que lleva el río, antes Naiwaká o Nahiwaká. Lo que lleva el río.



El título de una película puede cambiar muchas veces mientras el realizador va rumiando, anotando, escribiendo escenas y diálogos o al dar  a leer su tratamiento  a los amigos que le hacen notar cosas que él mismo no había advertido en su historia. Hay quienes van anotando posibles títulos para la obra.  Otras veces no. Se escoje un título de trabajo y con ese es bautizado en  las oficinas de derechos de autor.  Lo que es invariable es el hecho de que  se van descubriendo cosas nuevas cada día que pueden hacer variar el enfoque y con esto, tal vez, el título. Es que el guión es algo  vivo.  Tan vivo, que tiene un momento de gestación, nacimiento, desarrollo y un día muere con el comienzo del rodaje.  O pudiéramos decir que se transmuta en otra obra que ya será distinta de la que había en el papel.   Cuando aparece una idea, que puede inspirarse en  un suceso de nuestra vida, una noticia de prensa, un verso de un poema, una imagen que vimos desde la ventana del autobús;  la primera intención es nombrarlo aunque no sea más que para identificarlo y diferenciarlo de los otros argumentos.  Esa idea empieza a  dar vueltas en la cabeza, se revuelca una y otra vez con las neuronas y entonces uno empieza a tener una sensibilidad especial para captar  señales del exterior. Todo lo que se ve, se escucha,  se lee y se vive,  nutre a ese pequeño mounstruo que se gesta en uno como un ser de varias cabezas.  Va formándose y creciendo en forma de sucesos y personajes que comienzan a moverse, hablar y a tener personalidad y carácter propios.  Una larga gestación a veces. Y también traumática,  pues puede llegar a atormentar o distraer cada vez más.  Uno a uno ( pueden turnarse malévolamente), o todos juntos,  los personajes te despietan de madrugada, con una frase que te  martilla en la cabeza, con una discusión o un acto temerario que pone en riesgo sus vidas.  Y así van creciendo y con ellos el guión y uno se olvida del nombre de la obra, ya eso no importa y muchas veces ese primer nombre acompaña al guión hasta el momento mismo del rodaje o la post producción y la fuerza de la costumbre impide que uno sienta la necesidad de cambiarlo, aunque también  puede aparecer un elemento que nos ponga entonces  a pensar nuevamente en el tema título.



En el caso de LO QUE LLEVA EL RÍO, en sus catorce versiones, aparecieron y desaparecieron personajes; se fue cambiando la fecha de inicio de la historia; el nombre de la protagonista y sus diferentes relaciones sociales.  Ella, primero se llamó Mare  y en el largo proceso de investigación, validación de datos y escritura, desccubrimos que Mare, en la literatura mitológica de los warao, es una muchacha alegre que siempre ríe y que parece es de una vida “algo fácil” pues ella desapareció un tiempo de su comunidad y un día regresó bailando y repartiendo sonoras carcajadas y, según el padre Barralt, mare significa “alegre y musiquero, que ameniza.”  Definitivamente, no convenía ese nombre. Buscando otro, Carmen Medrano, warao, de Araguaimuo,  nos sugirió Dauna, que significa, monte, selva tupida para ellos.  Nos pareció bien y la rebautizamos a partir de la cuarta o quinta versión como Dauna, pero el guión para nosotros se titulaba  NAIWAKÁ. Lo que lleva el río. La palabra Naiwaká la tomamos  del diccionario del padre Barralt en el que aparece como “deslizamiento lento de un líquido” y  nos pareció más relacionado con la historia de Dauna, su historia de amor y el desarrollo lento e indetenible de una cultura.   Así llegó con este título hasta la etapa de la pre producción, pero ya en la zona de San Francisco de Guayo, preparando el rodaje, Mario Torres, uno de nuestros lancheros, nos dijo que  en esa zona en la que filmaríamos, la palabra naiwaká con esa acepción de “derramarse o fluir lento de un líquido”, se usaba también para referirse a la menstruación de la mujer. ¡Nos pareció providencial! Para esta historia de amor, de género, sobre la vida de una mujer de una etnia donde la menstruación tiene varios significados importantes, algunos de ellos tabú, nos venía como anillo al dedo la palabra en el título. Pero mi amigo Torres no pensaba igual y algunas  mujeres tampoco. Lo veían feo.   Se acabó. Quitaríamos el Naiwaká y lo dejaríamos sólo como LO QUE LLEVA EL RÍO.  Después detodo, siempre me interesó este título que estuvo desde los primerospapeles, me interesa significar a la cultura como un grande y caudaloso  río que arrastra consigo muchas corrientes, muchas cosas, que contiene de todo en su cuerpo ancho e imparable.

Nos vimos de vuelta entonces a los trámites burocráticos ante las oficinas de CNAC y de derecho de autor, para al fin dejar el título primigenio y lleno de significados por lo que no me irritaba sino que me sentía aliviado.  Con el título original Naiwaká,  que se ve en las claquetas, filmamos mientras se hacían los cambios en papeles y también  pasamos toda la etapa de post producción y llegamos al momento de estrenar y exhibir  al fin LO QUE LLEVA EL RÍO. Entraron en escena los distribuidores en Venezuela y objetaron el título y alegaban que el filme debería llamarse DAUNA, como la protagonista, por ser el nombre de una mujer.  Así, cuando ya creíamos que lo del título estaba resuelto y terminado, empezo de nuevamente la angustia por  nuevos cambios  y yo,  a defender mi querid título hasta que apareció un argumento irrebatible.  Una colega estrenó en Venezuela un magnífico documental llamado El río que nos atraviesa realizado en paisajes del oriente del país e involucrando un río y a indígenas.    En CINES UNIDOS  preocupaba que la asociación con la palabra río y los paisajes, hiciera pensar a los espectadores venezolanos que ya habían visto la película  y escogieran otra opción.  Tuve que vencer mi resistencia de nuevo  y  ceder ante la justificada preocupación de quienes tienen la experiencia de poner una película  en pantalla. Así, en Venezuela veremos la película con el nombre de DAUNA. Lo que lleva el río y en el exterior será exhibida como Lo que lleva el río.  
En todo caso, lo que es importante para mí, es que esta historia de amor sea bien recibida por el público y que las ideas que propone sirvan para la reflexión acerca del valor de la mujer  y sobre la necesidad de ciudadanías y democracias multiculturales.

miércoles, 28 de enero de 2015

¿POR QUÉ LO QUE LLEVA EL RÍO?


Durante más de tres años trabajé con algunas comunidades de la etnia warao en el Delta del Orinoco. Fui allí a enseñar a un grupo de jóvenes el uso de las herramientas audiovisuales, con el fin de que pudieran documentar y rescatar su memoria cultural e histórica.  Desde ese momento y hasta hoy, no he dejado de visitar sus comunidades y cultivar su amistad.  No he abandonado mi proceso de conocimiento de esa cultura y las personas que la detentan y hacen viva.
Convivir con los warao, me ha dado la oportunidad de observar el drama de  su defensa de la lengua y  la memoria cultural e histórica; la vergüenza indígena y el conflicto de la transculturación,  cuyo punto de giro inicial y de más impacto, fue la llegada de los religiosos capuchinos en la primera mitad del siglo XX.  Desde ese momento hasta hoy se han ido adaptando a los cambios que necesariamente les impone convivir con las telecomunicaciones, el transporte de motor, la industria, la religión de los otros y la política y han luchado para mantener su más hondas y valiosas tradiciones.
Para ellos, conservar sus costumbres más íntimas e importantes, su cosmogonía, su lengua y con ella su literatura, que es la base de cualquier identidad, ha sido una batalla dramáticamente silenciosa. Para mí, ha resultado un llamado a la  reflexión sobre conservación y potenciación de las culturas, lo  cual plantea un dilema desde estos dos conceptos.

 Mi interés por enseñar y transferir tecnologías audiovisuales a jóvenes warao en los caños del delta, llamaba la atención de muchos; pero no todos se expresaban de la misma manera sobre mi empeño. Unos, me felicitaban porque estaba contribuyendo a la “conservación” de la cultura warao; otros, criticaban mis prácticas por que con ellas estaba “criollizando” a los indígenas, alejándolos de lo más puro de sus costumbres. Para mi, ambos criterios estaban basados en un mismo error de concepción de  cultura, pero igual tuve que meditar mucho para alejarme de semejantes lugares comunes.

¿Conservar o potenciar una cultura?

Una cultura es un sistema sociocultural vivo y siendo así, evoluciona perfeccionándose, adaptándose y creciendo en la acumulación e intercambio de experiencias y saberes. Se conforma como un sistema de creencias y acciones que definen a un grupo y se transmiten de generación en generación, trascendiendo a las personas que las detentan. Pero como esta herencia no es biológica, sino intelectual, su proceso de adaptación a nuevas condiciones es volitivo y muchas veces hasta violento y no involuntario y derivativo, como sucede con las adaptaciones genéticas.  En todo caso, desde que una persona viene al mundo, comienza su proceso de culturización, el cual sucede mediante la recepción de símbolos de diferente origen, sean éstos tecnológicos, científicos, políticos, morales o estéticos, que han ido cambiando también de generación en generación. La sociedad que la ha detentado a través de los años y siglos, la ha ido adaptando a las diferentes condiciones económicas, sociales, políticas, religiosas y hasta atmosféricas.

Conservar es matar. Si pretendemos “conservar” o “preservar” un organismo –y ya establecimos que la cultura lo es- tendremos que matarlo, tal como se coloca una mariposa en un marco o se congela un alimento. Son organismos que ya no evolucionarán más, hemos detenido su proceso de desarrollo biológico.


Generalmente se relaciona cultura con estética y se cree que preservar danzas, músicas y manifestaciones plásticas ancestrales,  es conservar la cultura. Pero es muy distinto conservar el patrimonio cultural, manteniendo la identidad y el sentido de pertenencia, con el fin de saber de dónde venimos y reconocer la historia, para saber cuánto hemos evolucionado, que conservar las condiciones sociales y económicas, los criterios de organización, las políticas y los valores de un grupo étnico o social determinado. Potenciar o fortalecer una cultura implica la preservación de la memoria cultural e histórica, a la vez que adaptar los valores y costumbres, la forma de pensar y actuar, utilizando aquello que hace más fuerte a la cultura de la comunidad, etnia o nación, desechando todo aquello que la anquilosa y por lo tanto la debilita. Los cambios necesarios para evolucionar, exigen cambios en la cultura. Puesto que el crecimiento es cambio en sentido positivo, el estancamiento implica decadencia y por tanto un movimiento en sentido negativo. 

Muchos abogan, a veces sin mala intención, sino con criterios románticos e ignorancia, por la “conservación” o “preservación” de nuestras culturas autóctonas, pretendiendo que comunidades con una ascendencia cultural ancestral, mantengan sus símbolos estáticos.  Con esto, los condenamos al anquilosamiento y detenemos su evolución en aspectos  tecnológicos, científicos, políticos y éticos. Una vitrina a donde el resto del mundo pueda asomarse.  ¿Deben quedar como “piezas vivas” de un museo? Por ese camino, nuestros indígenas deberían permanecer en taparrabos, no usar motores, no escuchar la radio ni leer la prensa y lo que es peor, sus valores morales y de organización permanecer enquistados, aún cuando muchos de ellos ya no se observen como humanamente justos en el mundo de hoy. Potenciar una cultura, es eliminar cualquier  aspecto que le impida crecer, sobrevivir, y conquistar los adelantos tecnológicos, científicos y nuevos valores, que generen nuevos rasgos culturales. Lo contrario, es la decadencia y la muerte.
 
De esto trata LO QUE LLEVA EL RÍO.  Una película en la que  he tratado sobre la utilidad del conocimiento de la cultura heredada y la necesidad de que sus depositarios evolucionen y la hagan crecer al ritmo de los tiempos, sin olvidar ni despreciar aquello que los hizo como son, lo que los une en la diferencia, al resto del mundo.

En mi filme, se enfrentarán dos criterios en las personas de una pareja de amantes. Propongo una visión diferente, menos romántica de nuestros indígenas. Mientras que Dauna evoluciona socialmente con los tiempos y vive intensamente los valores históricos, mitológicos y artísticos de su cultura, desde su estudio y adaptación a nuevas condiciones sociales y económicas; Tarsicio su esposo, aferrado a conceptos de organización social atrasados y discriminatorios de la mujer, pretende obligarla a permanecer anclada a ellos entorpeciendo su desarrollo, se enquista en modelos viejos, degenera y desaparece sin dejar descendencia. Son dos arquetipos, más que personajes.  Con sus virtudes y defectos, cada uno representa un modo de ser y vivir la cultura en lo que Dauna será  la portadora de un nuevo modelaje, proponente de valores de modernidad sin perder la esencia de su memoria cultural e histórica, como dijo José Martí:  “insertando las ramas de la cultura autóctona en el tronco de la cultura universal”

Mario Crespo
Caracas, 2012

domingo, 25 de enero de 2015

DIEGO ARMANDO SALAZAR, un cura capuchino en el Delta del Orinoco.


Diego Armando Salazar es coprotagonista de la pelícua LO QUE LLEVA EL RÍO ( en Venezuela, DAUNA, Lo que lleva el río) que tendrá su estreno mundial en la Berlinale, en la exclusiva sección NATIVe, el 17 de febrero de 2015.

 Cuando aparece en la película, tiene unos cuarenta años y declara que lo deja todo y se va, deja la iglesia para  llevar la vida de un hombre común.  Casi inmediatamente le vemos mucho más joven  y  amigo del padre de Dauna, su informante antropológico, a quien  confiesa en una de las sesiones de trabajo que ha ido al Delta buscando reencontrarse con su fé. El sabio hombre indígena le dice una sentencia que lo deja perplejo:  "Muchas veces, cuando buscamos desesperadamente un cambio, en realidad estamos huyendo de algo"   Había llegado al Delta recién ordenado sacerdote con veinticinco  años aproximadamente.
Así empieza la presentación de este personaje en LO QUE LLEVA EL RÍO ( en Venezuela, DAUNA. Lo que lleva el río)  que interpreta el joven actor de teatro, cine y televisión Diego Armando Salazar y así se presenta el que será su mayor conflicto: escapar.  No debo decir ahora de qué está escapando el padre Julio. Lo dejo para que lo descubran en las salas cinematográficas. Sólo les diré que este hombre está marcado por una condición y ahí radica su gran conflicto.

A Diego, lo habíamos visto en Cenizas Eternas (de Margarita Cadenas), Habana Eva ( de Fina Torres), también en telenovelas y mucho teatro y nos llamaba la atención su gran capacidad de transformación en escena.  Más joven, más viejo, moreno, rubio según el personaje pero siempre con la expresión corporal adecuada, siempre diciendo muy bien y sinceramente sus parlamentos. Diferente cada vez.   Parecía el que necesitábamos, un actor que pudiera ir desde los veinticinco años a los cincuenta y cinco a lo largo del filme, con una dificultad adicional: el montaje de la película lleva saltos cronológicos por lo que su transformación etaria no la ve el espectador de forma ordenada.  Era necesario entonces que siempre se pudiera reconocer al personaje en sus distintas edades. 
El actor y amigo Dimas González, quien sería el preparador  de los actores indígenas, me lo recomienda y me da sus teléfonos. Veinticuatro horas después, estaba ante mí. Buena primera impresión a la que agregaba unas sonoras carcajadas y una decisión sin espacio para las dudas.   Tienes que aprender el idioma warao, le dije. ¡Pues le echamos piernas! fue su respuesta con una sonrisa valiente. 
Había otros candidatos para el personaje y yo tuve que viajar al Delta con Dimas González y Daniel Ramírez, mi jefe de casting, para escoger a los primeros candidatos a los personajes indígenas. Quedaron encargadas las productoras Adriana Herrera e Isabel Lorenz de llamar a los cinco candidatos y filmarles una pequeña escena de su personaje y enviármelo por correos electrónico para que pudiera ir tomando decisiones.  Al fin nos decidimos por Diego y éste comenzó a prepararse para el segundo obstáculo que le imponía este personaje y que era nada menos que aprender warao.
Teresa Farrera,  la traductora del guión del español al warao, sería la encargada de enseñarle los fonemas y su pronunciación.  Tenía largos parlamentos en ese idioma con una carga emotiva fuerte por demás.  Esto  implicaba saber qué decía con cada frase y darle la intención que merecía.  Fueron días de trabajo diario para él y Teresa y me sorprendió en uno de  mis regresos del Delta, con un saludo en warao y diciengo los textos de forma magnífica.  Le echó piernas, como me prometió y lo logró.
El rodaje en condiciones difíciles, sobre todo para personas de ciudad como nosotros en el hábito de andar por tierra firme, tuvo momentos de verdadera tensión.  Fueron siete semanas a más de cinco horas río abajo, casi llegando al mar en las comunidades deltanas de Jokabanoko y San Francisco de Guayo. Pero Diego lo convertía todo en una fiesta.  Siempre tenía un chiste, una carcajada, una frase cariñosa para sus colegas de escena. Terminaba una toma y me miraba serio con ojos interrogantes y yo le hacía una seña de confianza y satisfacción. Momento para la salida ingeniosa, el chiste y alegrar el ambiente. Diego, aparte de excelente y dedicado actor, es el colega que todos deseamos tener.
Gracias Dieguito. Sólo espera por los aplausos.